Dramateatro Revista Digital 2007
Edición #20 Año 2007 Primer Cuatrimestre
Enero - Abril
 

 

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PERDERSE A SÍ MISMO, PERDERSE EN EL OTRO.
(El gesticulador, de Rodolfo Usigli)
Hans I. Velásquez B.

 

 

A Alejandro Useche, incondicional.

 

  Rodolfo Usigli Wainer, hijo de padres extranjeros, nació en la ciudad de México el 17 de noviembre de 1905 y murió el 18 de junio de 1978. Además de ser ensayista, poeta y narrador, Usigli cuenta con una basta producción teatral, destacándose con obras como: Quatre chemins (1929) [en francés], El apóstol (1930), Falso drama (1932), Noche de estío (1933), La última puerta (1934-35), El presidente y el ideal (1934), El niño y la niebla (1936), Estado de secreto (1936), Alcestes (1936), Medio tono (1937), Mientras amemos (1937), El gesticulador (1938), Otra primavera (1938), La mujer no hace milagros (1939), Aguas estancadas (1939), Vacaciones (1940), Sueño de día (1940), La familia cena en casa (1949), Corona de sombra (1943) [obra basada en el 2º Imperio mexicano y el emperador Maximiliano de Austria y la emperatriz Carlota de Francia], Dios, batidillo y la mujer (1943), Vacaciones II (1945), La función de despedida (1949), Los fugitivos (1950), Jano es una muchacha (1952), Un día de estos (1953), La exposición (1955), La diadema (1960), Corona de fuego (1960) [obra inspirada en Cuauhtemoc, último líder azteca], Corona de luz (1964) [obra sobre la aparición de la Virgen de Guadalupe], Un navío cargado de... (1966), Las madres (1949), El encuentro (1966), El testamento y el viudo (1966), El gran circo del mundo (1969), Estreno en Broadway (1969), Los viejos (1970), Carta de amor (1972), El caso Flores (1972), ¡Buenos días señor presidente! (1972), Moralidad en dos actos y un interludio según «La vida es sueño» (1972). 

 

El gesticulador es una de las obras de Usigli más controvertidas, tanto, que en su época de aparición fue prohibida por el gobierno del presidente Miguel Alemán Valdés (1900-1983) ya que, según él, con esta obra se atentaba contra los principios políticos del Partido de la Revolución Institucional , el partido de gobierno.

 

Pero, ¿por qué sucedió esto? Usigli en los tres actos de El gesticulador aborda dos tópicos álgidos para la cultura mexicana: la revolución y la política surgida a partir de aquélla, pero no desde la óptica planteada en las Coronas, que son una suerte de elucubraciones de cómo ocurrieron distintos hechos de la historia mexicana. En este caso, el autor recurre a la estrategia de la parodia y a la manipulación de los hechos históricos, creando coyunturas ficticias que motorizan la trama.  En esta pieza se ofrece una perspectiva crítica del nacionalismo y se evidencia cómo puede causar más daño que bienestar cuando no está bien sustentado, es irracional o es producto de una prestidigitación.

 

La parodia surge “cuando la imitación consciente y voluntaria de un texto, de un personaje, de un motivo se hace de forma irónica, para poner en relieve el alejamiento del modelo y su volteo crítico” (Marchese y Forradellas, 1986: 311). En El gesticulador, la parodia se fundamenta en un proceso en el cual un personaje, encarnación del individuo común, incluso insignificante, accede al poder de manera contundente por el simple hecho de tener el nombre de un héroe de la revolución y saber mover los hilos precisos. Este personaje roba la vida del otro, hace suya una máscara, tal como lo haría cualquier político. Se lleva a cabo una parodia de los ascensos al poder sin mayor mérito que la ilusión o confusión de un colectivo. Así, se muestra cómo los pasos ciegos de las masas pueden fortalecer a tal o cual persona y cómo esas facultades que la comunidad otorga condicionan las actitudes del elegido. De igual modo, hay un señalamiento en torno a los procedimientos de manipulación de la historia y de la memoria colectiva, así como de los valores sociales implicados en ambos sectores de la vida del hombre.

 

En El gesticulador emerge la máscara del político, que debe ser intachable, correcto, impoluto y, por sobre todo, mesiánico, listo para acabar con las penurias de sus conciudadanos. Esa máscara asumida es parte del desdoblamiento que sufre quien se impone la máscara. El desdoblamiento viene dado por asumir posturas hipercodificadas para lograr la aceptación de quienes le rodea. Se asume una máscara y poco a poco ésta desplaza la verdadera personalidad del enmascarado hasta sustituirlo. Vence la otredad.

 

Según la pieza, un hombre, César Rubio, profesor de historia de una universidad, está en la encrucijada de su vida: ha dejado de enseñar, sus dos hijos lo desprecian por haberlos llevado a su pueblo natal, después de haber hecho vida en la capital y éstos se sienten unos fracasados. Miguel, el mayor de los hijos, desprecia a su padre porque siempre lo ha obligado, junto a su hermana, a vivir en la apariencia. Este primogénito, en cierta forma es como su padre: siempre ha sido un perseguidor de la verdad y un fracasado, dado que no culminó sus estudios universitarios por ser un estudiante huelguista. Asimismo, Julia, la menor, cuyo fracaso se centra en ser una mujer poco agraciada, incapaz de cautivar a ningún hombre, también está atrapada en un pueblo que desprecia. Aunado a esto, Elena, su mujer, fiel a las decisiones de su marido, le recrimina pasivamente el llevar una vida carente de oportunidades para progresar. Dejan todo en la capital para sumergirse en Allende, un pueblo desértico con todos sus resquemores.

 

Éste es el ambiente que rodea a César Rubio, una noche en que llega a la puerta de su casa un extranjero, estudioso de la revolución mexicana que busca información sobre el general César Rubio, uno de los pioneros de la revolución mexicana nacido en el mismo pueblo donde se encuentra esta familia venida a menos. Sin darse cuenta, los profesores van compartiendo datos hasta que el extranjero llega a una conclusión: el César Rubio que le ha obsesionado está ante sus ojos, es ese profesor gris e insignificante que ha huido de la capital por sentir que sus conocimientos son menospreciados. El profesor ni afirma ni niega. Él es su homónimo, ambos César Rubio nacieron en la misma fecha, en el mismo pueblo y en la misma calle. También comparten el idealismo, los sueños de la revolución mexicana. Allí no hay error. El error está en dejar pensar al extranjero que esa realidad que se ha encontrado es la que busca:

Bolton: ¿Qué quiere usted decir?

César: Ser, en apariencia, un hombre cualquiera... un hombre como usted... o como yo... un profesor de historia de la revolución, por ejemplo.

Bolton (Cayendo casi de espaldas): ¿Usted?

César (Después de una pausa): ¿Lo he afirmado asì?

Bolton: No... pero... (Reaccionando bruscamente, se levanta) comprendo, ¡Por eso es por lo que no ha querido usted publicar la verdad! (César lo mira sin contestar) Eso lo explica todo, ¿verdad? (Usigli, 1965:339).

 

 

Rubio cree que esa mentira no tendrá mayores consecuencias. Esa noche sólo se ha aprovechado de la ingenuidad de un extranjero, ha obtenido una gran suma de dinero a cambio de documentos auténticos sobre la vida de César Rubio. Esto lo ha hecho confiando en la palabra del gringo sobre no delatar públicamente su existencia. El gringo incumple su palabra y decide publicar “su verdad”. Esa verdad llega hasta el desértico pueblo a través de la prensa, desatándose todo un revuelo, que confronta a la familia de nuevo con los juegos de la  verdad y la mentira.

 

Este revuelo familiar es interrumpido por la aparición de unos personeros del pueblo que exigen saber la verdad sobre la existencia de César Rubio. De nuevo, César no admite ni niega nada, deja que los demás saquen sus conclusiones. Poco a poco, se aprovecha de sus conocimientos sobre la historia de la revolución mexicana para manipular soslayadamente a todos los presentes, hasta que la gente del pueblo es la que decide que está frente a la imagen del pionero de la revolución, César Rubio. De esta manera, el héroe surge de manera oportuna en este pueblo sumido en la corrupción política. Viene a representar un regreso al mito, a un héroe que encarna los valores olvidados. Es, por ende, una suerte de regresión colectiva, de desentierro, de alucinación: ver lo que se quiere ver. En el momento justo en que la política del país reclama una revisión de sus bases, de sus intereses, se presenta este hombre insigne, baluarte de la tradición y la identidad nacionales. Así, César Rubio asume la máscara que lo convertirá en el estandarte que sirva de estímulo para retomar los preceptos de la revolución.

 

La mentira está armada. César Rubio ha dejado que le confundan con el héroe nacional desaparecido. Emerge la parodia de la realidad. Un hecho circunstancial transforma a un don nadie en un héroe. César Rubio se ha vuelto la esperanza de ese pueblito y pronto lo será de la nación.

 

Así observamos cómo en la familia Rubio y en el pueblo de Allende, se comienzan a gestar pequeñas pero significativas transformaciones que emergen de la mentira que ha construido todo un pueblo sin darse cuenta.

 

Miguel, a pesar de sus dudas, coloca a su padre en un pedestal. César se ha convertido en el líder que su hijo anhelaba, considera que las mentiras han quedado a un lado y se siente arrepentimiento por cómo ha tratado otrora a su padre. Su cambio, sin embargo, no es positivo, la mentira que ha emergido como verdad lo aplasta. Ahora siente que no es digno del padre que tiene, quiere irse para purgar sus antiguas acciones. Se debate entre quedarse o intentar hacer una vida solo. De esta manera, se ha operado una inversión. Del desprecio a la veneración, la mentira ha logrado cambios cimentados en el aire.

 

Elena, desde el inicio de la obra ha sido la mediadora entre los hijos y el padre. Ahora se ha convertido en la conciencia de César, siente que un peligro inminente se aproxima, que su familia se desborona y, como Casandra, avisa a su amado sin ser oída.

 

Desde el principio, Julia ha sido la que fácilmente se ha dejado llevar por lo que dice su padre. Es él quién le alimenta las esperanzas de que su condición de mujer despreciada va a cambiar. Él es el líder que ella siempre ha necesitado para seguir adelante.

 

El pueblo ha fijado sus esperanzas en el héroe renacido. La reaparición de César Rubio ha logrado desmontar la actual política mexicana, y se gesta otro camino político encarnado por este héroe mesiánico. Él constituye la piedra de toque para continuar la revolución. Aquí el juego político es claro, la necesidad urgente de tener un héroe puede enceguecer a una colectividad al punto de volverla subjetiva y no permitirle tomar las precauciones pertinentes para no cometer o repetir un error. Aunado a esto, la maquinaria partidista que se gesta alrededor del héroe hace que se fortalezca la mentira. Sin mover un dedo, César Rubio se equipara no sólo con los políticos de la región sino con los del resto del país.

 

En este punto, se pueden observar varios aspectos de la vida de César Rubio. Él siempre ha creído que le puede sacar provecho a su pasión: la historia de su país. Es un hombre que después de saborear hasta el cansancio el fracaso, sin visos de progresar, siente que tiene una segunda oportunidad en la vida: ser literalmente otro. Uno con prestigio y admirado por toda una nación. ¿Cómo no sucumbir ante esta nueva vida? La excusa: el bienestar de su familia. Todos pueden dejar de ser unos fracasados bajo la sombra de un héroe. Serán de ahora en adelante, seres respetados, con oportunidades ilimitadas ya que el padre es un héroe nacional surgido, como el Ave Fénix, de las cenizas de la historia. Pero el Ave Fénix debe morir para renacer. Él asume la máscara del héroe, desecha su vida y vive la vida del otro, tanto que decide ser el candidato para un plebiscito, apoyándose sólo en la imagen de ese héroe perdido de la revolución. Sólo que en este desdoblamiento se le va la vida. Desecha la antigua vida mediocre por una nueva signada por la heroicidad pero también por el fatalismo. El César Rubio héroe desapareció en la revolución sin dejar rastros. Sólo el protagonista y Navarro saben lo que le ocurrió al héroe nacional.

 

Y es precisamente Navarro, quien mató al héroe original, el asesino intelectual del héroe reciclado. Todo se repite. Es un ciclo. O quizá mejor, un dar vueltas para terminar en el punto de partida. La ilusión de progreso, de revolución, desemboca en la repetición de una historia. Nada ha cambiado. En realidad, la gente es la misma y repite acciones ciegamente. La nación recicla sus mitos. Cuanto más se piensa que se cambia, más las cosas permanecen. Así, la historia se repite: un hombre que salió de la nada con unos ideales de avanzada para su  país, muere dos veces. Dos veces, las masas han seguido sin más al héroe y dos veces lo han perdido. Este Mesías es como una ola que, cuando alza la cresta, se desploma.

 

 

Cuando Navarro, el traidor, lo manda a matar, el César profesor estaba ya muerto. Quien es asesinado es el César héroe. No muere el fracasado, tímido y pusilánime conocedor de historia, sino el revolucionario. César ha experimentado una seguridad que antes no reconocía, ya no oye los consejos de su esposa, puesto que ella lo comienza a desconocer a la par que él la desconoce. Sus hijos le admiran en demasía, creando un velo que no permite ver al padre sino al héroe. La muerte del viejo César Rubio es tan grande que él mismo no se reconoce en el afiche que le han hecho para la candidatura.

 

Sólo un hombre le reconoce desde la mentira, sólo un hombre no ve la máscara del héroe sino a alguien con debilidades y defectos. No es otro más que Navarro, el asesino del General, quien, antes que César, se valió de la heroicidad para hacerse político. Él sí reconoce la mentira ya que ha sido parte de la misma. Todo héroe tiene su talón de Aquiles. Toda mentira tiene una costura abierta, por donde el enemigo, hala, rompe, destruye. En este caso, mata. La política es un juego de máscaras, de ficciones, pero también un juego de cazadores y cazados, de héroes y traidores, de vida y muerte. En realidad, los juegos políticos no son juegos, son escenificaciones de la crueldad de las máscaras y del discurso.

 

El gesticulador pone el acento en la manipulación y artificiosidad de los discursos. Según la pieza, se es lo que el discurso diga que se es. El discurso está al servicio de los intereses personales o colectivos. Discursivizar o discursivizarse es crear imágenes, identidades, destinos. No importan las cosas por lo que son, sino por lo que se dice de ellas. El discurso es, por tanto, una dimensión proteica de la vida social. Se transforma en cualquier cosa. Gracias a él, las cosas asumen voces nuevas o voces olvidadas, brillan con luz ajena y se abren paso en el imaginario colectivo. El discurso hace las “verdades” en cuanto que crea una red de enunciados que más que buscar la fidelidad con respecto a la historia o al presente, dicen lo que es conveniente. De esta manera, las palabras e imágenes sirven de torniquetes para el poder. En este orden de ideas, César Rubio, el profesor, representa, de modo paródico y perverso, los peligros de la Historia como disciplina. En un gesto sinecdóquico, este personaje está por todos los historiadores, enfrentados a las trampas del discurso. Sus trampas no sólo son las de la ambigüedad entre la ficción y la realidad, entre el hecho y la interpretación, entre el pasado y el presente, sino las de la ética en cuanto postura personal ante la moral colectiva, a partir de los valores propios. La historia es como una fuente que nutre pero que devuelve un reflejo traidor, porque quien hace historia está tentado a ver su rostro y no los hechos. O incluso a confundirlos. En el caso de Rubio, de modo extremo y literal. Esta acción de llevar las situaciones a un extremo inusitado, es lo que posibilita iniciar los procesos paródicos.

 

De igual modo, es importante indicar el planteamiento intertextual de la pieza en cuanto que el texto dramático se nutre o cruza con el texto histórico. Los acontecimientos del pasado mexicano se incorporan a la trama dramática, resemantizándose y combinándose con coyunturas ficticias. Con ello, la obra descubre su dimensión sociológica, su vinculación con las preocupaciones colectivas. La obra, entonces, posee una intencionalidad implícita de crítica sociopolítica, de reflexión historiográfica. Asimismo, parece ofrecer un planteamiento aún más profundo: aquel del sino de las masas. Según la pieza, el pueblo mexicano ha estado signado por el seguimiento a líderes fallidos y por idealizaciones y efervescencias. De igual modo, parece sugerir que México se ha quedado, petrificado, mirando al pasado. Sin duda, México ha cometido ese error muchas veces. Tanto el pasado prehispánico como el de la Revolución poseen una presencia discursiva (e incluso, física) tan grande, que termina aplastando el presente y, por ende, el futuro. El mexicano, en gran medida, se ve a través del pasado. Más no de manera dinámica, sino estática. En el caso de El gesticulador, ese estatismo se traduce en la repetición increíble y paródica de un héroe y de una masa tan ciega, enloquecida, soñadora y manipulable como lo fue en un pasado.

 

A partir de estas reflexiones, se comprende que el conflicto surge a partir de los peligros de lo que Carl Gustav Jung llamó la personalidad mana, es decir, aquel arquetipo en calidad de contenido psíquico colectivo primordial que subyace en la mente humana que puede traducirse en la identificación de sí mismo con la figura de sabiduría o poder ilimitados, es decir, con el líder, o en la proyección en otro de esa misma figura (cf. Myths – Dreams – Symbols, s. f.). En la pieza en cuestión, suceden ambas cosas. Primero, la proyección de la personalidad mana por parte del gringo en César Rubio. Luego, la proyección de todo el pueblo y la nación. En el proceso, César Rubio comienza a identificarse con su personalidad mana. Se cree lo que es pura proyección, esto es, adjudicación psíquica. En Rubio, esto abre paso a la megalomanía, al arribismo, a la posesión de consciente por parte del inconsciente. Es preso del arquetipo de modo fatal. Las masas se dejan arrastrar por el líder carismático, por el prestidigitador, por el farsante. En este sentido, El gesticulador denuncia una situación muy común a toda Latinoamérica y propia de la humanidad entera: el infantilismo colectivo que necesita un líder que guíe, salve, ordene y valorice. Así, el ser humano, apenas en estado infantil, busca la autoridad para no perderse. Y, si no la encuentra, la inventa.

 

Consultas realizadas

 

Marchese, A. y J. Forradellas. (1986). Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria (trad. de J. Forradellas). Barcelona: Ariel (Colección Letras e Ideas, serie Instrumenta).

Myth – Dreams – Symbols. (s. f.). [en línea]. <http://www.mythsdreamssymbols.com/glossary.html> [Consulta: 1 / 7 / 2004].

Usigli, R. (1965). El gesticulador. Pieza para Demagogos en Tres Actos. Londres: George G. Harrap & Co.

 

 

D.R. 1998 DRAMATEATRO REVISTA DIGITAL
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