Dramateatro Revista Digital 2007
Edición #20 Año 2007 Primer Cuatrimestre
Enero - Abril
 

 

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POÉTICA PARA LOS GIRASOLES.

Por: Marcela Caetano Popoff.

 

Quisiste que yo te enseñara el placer de vivir y el placer del arte; tal vez esté yo llamado a enseñarte una cosa harto más hermosa: el valor y la belleza del dolor

 

 Oscar Wilde, La tragedia de mi vida

 

 

Diré inicialmente que la obra presente procura y alcanza una valiosa comunión entre las palabras y los silencios construyendo para sí y en sí un lenguaje que se dice desde códigos que nuestra proximidad deberá descifrar porque -precisamente desde ese lenguaje- se nos revela una dramaturgia cuyo fin es quizá la exploración de la trascendencia.

 

Intentar una aproximación a la condición de la naturaleza humana Los girasoles no florecen en invierno implica como antecedente sine qua non advertir la complementariedad (y a veces la exclusión) del espacio público y el privado. Partiendo de ellos y entendiendo la implicancia en ellos de un moi profond y un moi social surgen algunas consideraciones generales e introductorias. Es interesante recuperar en este sentido, desde las Confesiones de Rousseau, la pretensión –destinada a un fracaso esencial- de demostrar a los semejantes toda la verdad de la naturaleza humana.

 

El acceso a la sinceridad o al descubrimiento de sí mismo sólo puede lograrse en tanto se destruye el mito personal como propósito vital y se advierte el abismo que distancia la personalidad de la persona en tanto la primera (moi social) representa la caricaturización de la segunda (moi profond). Resulta, entonces, la confesión rousseauniana – como toda confesión- una opción intelectual y por tanto incapaz de mostrar al hombre en toda la verdad de su naturaleza. En el reconocimiento de esta imposibilidad parece elocuente advertir la confesión como elemento de perpetuación, de sur-vie de la identidad (construida), pero también como la gran justificación que alivia pero no logra eliminar la “mácula”. En este sentido se vuelve un tributo a los otros pero nunca la conciencia de sí mismo. De esta manera parece significativo advertir la existencia de esos dos únicos personajes que la obra propone en una complementariedad perfecta.

 

Siguiendo la línea del existencialismo sartreano, la pureza del proyecto existencial se logra por mediación del acto gratuito que anula los valores extrapersonales en los que se funda no sólo el mito personal que construimos sino la sucesión de fantasmagorías que materializan nuestra mismidad en función de las circunstancias. El acto gratuito obliga a despojar de todo contenido posible el proyecto vital para detenerse en el puro proyecto de existir.

 

Ahora bien, la imposibilidad de aquel acto se impone en base a la trascendencia temporal y a la búsqueda de un primigenio modo de ser que se evidencia, a su vez, en el contacto con los demás. Es en este punto donde me interesa considerar el sugerente manejo del tiempo (bergsoniano y proustiano al unísono). El tiempo ¿atraviesa a los personajes o es atravesado por ellos?, interrogante existencial declarada en la obra y, coexistiendo con ese tiempo, la memoria en la línea en que Proust la evocaba en su escritura en el sentido de un tiempo que se vuelve esencialmente fugacidad.

 

Tal vez allí radique uno de los aspectos más dramáticos de la obra, la conciencia de la finitud y de la fugacidad; tiempo que se vuelve infierno sartreano y presente perpetuo siempre amenazado por la inminente metamorfosis en pasado pero incapaz de proyectarse en futuro. La biblioteca, espacio donde los personajes se encuentran para coincidir en una atmósfera por momentos de dimensiones oníricas se construye como una cosmogonía: allí la memoria y la desmemoria, el amor convocado y el desamor presentido, el impulso y el arrepentimiento, la duda y la certidumbre, lo corpóreo y lo incorpóreo, las palabras y los silencios, los encuentros y las despedidas o quizá y más certeramente los encuentros como augurio de una despedida capital, el principio y el fin, el fin que siempre acaba principiando. Esa biblioteca, con sus libros tutelares es su mundo pero ese mundo está desde el comienzo condenado a la agonía por ser precisamente un “mundo aparte”, un mundo “delirante” en el que el personaje femenino desborda belleza, frescura y espontaneidad pero ese ofertorio no logra mitigar tanto dolor contenido en él, tanto desamparo, tanta iluminada “ceguera”.

 

Imagen especular de un mundo propio del cual, a su vez, se abjura. Porque se asume como verdad irrefutable que de aquel mundo deviene el crimen y el castigo. La introyección de la culpa -a la que aludo- se convierte, entonces, en el antecedente inmediato para la existencia del ghetto, espacio cerrado, huis clos: refugio y prisión al mismo tiempo en la que el personaje masculino se encuentra. Es en este sentido que lo vincular se vuelve un elemento vital para la anulación del extrañamiento.

 

Ahora bien, esta endogamia legitima ese espacio del cual no pueden escapar los portadores del estigma. Moira que, inexorablemente, evoluciona en círculos concéntricos hacia la interrogante identitaria de: ¿quién soy yo?. ¿Hasta que punto, entonces, ese espacio cerrado al afuera no se construye como barrera de defensa en relación al juicio condenatorio pero fascinado de la alteridad procedente en ese mismo espacio exterior?

 

Sugerente y posibilista, Los Girasoles no florecen en invierno, nos habilita a una lectura de la cuestión existencial en la obra y en la conciencia cada vez más dolorosa de “si” que el Profesor advierte en la imagen especular en que Lucía gradualmente se convierte En referencia a ésta última: ¿vence la neutralidad o la pasión?.

 

Pareciera formularse aquí la concientización de un colectivo que existe antes del individuo y que lo trascenderá llevando a los semejantes a unirse casi involuntariamente en un movimiento de “simpatía” ( y que yo llamaría de com-pasión, dado que implica compartir y participar del sufrimiento del otro) frente al infortunio de una cultura en conflicto –o en relación de sumisión- con el orden legitimado. Unión que fortalece y permite exorcizar la abrumadora sensación de soledad que reduce al sujeto a los confines de su propia existencia.

 

Perpetua dicotomía entre le moi profond y le moi social. La complejidad esencial derivada del efecto simbiótico con el grupo que protege pero también aísla, en la situación límite de asumir no propiamente el yo sino una representación de sí. Confesión impuesta que corre el riesgo de caer en el abismo y formar parte del peligroso ofertorio que el sujeto pudiera hacer de sí mismo como sujeto y objeto de análisis en el forzado presupuesto de un lugar común. Carencia de identidad (o más exactamente sentir que se carece de aquella), vacío colmado de conductas extravagantes en un esfuerzo apoteósico por sentirse siendo. Paroxismo de la diferencia. Y entre estas conductas impulsivas, las de carácter sexual, no carecen de importancia como posibilidad (no sólo espiritual sino sensorial) de materializar la existencia. La experiencia solipsista del Profesor connota, pues, vínculos de dependencia y soldadura con el objeto o sujeto imposibles (en este entendido) de ser disueltos sin una amenaza latente: la pérdida del objeto o sujeto incluye la del debilitado sentimiento que quien alimenta estos vínculos posee de sí. La muerte –como la pérdida más extrema- (¿acaso la despedida final no es una forma simbólica de la muerte misma?) alimenta este sentimiento.

 

Se descubre, así, un contenido sin continente que lleva a la pérdida total del límite sin el cual se diluye o disuelve y por lo cual la solución se encuentra en la búsqueda de un continente ajeno al cual trasladar los contenidos propios. Esa suerte de indiscriminación instala en el sujeto la sensación de no vivir su vida sino por el contrario ser víctima de una usurpación: es otro quien vive esa vida. Es entonces , de esta forma, que cada individuo se siente prisionero de un universo regido por un doble sistema de vigilancia ( la mirada que irrumpe desde fuera, desde la hegemonía pero, a su vez, superpuesta a la otra mirada, la del mundo propio que se evidencia en la imagen especular y narcisista que el otro con quien me identifico me devuelve de mí mismo) y elementos punitivos que privilegian las fracturas antes que la unicidad.

 

Pero esta imposibilidad de prescindir del sujeto u objeto que complementa lo transforma en el carcelero asfixiante: sostén y límite pero también panóptico y prisión.Y así, la coexistencia de lo salvífico y lo condenatorio se resuelve en una estructura abyecta que asume el ultraje a los límites, los lugares y las reglas legitimadas por superestructuras hegemónicas. Julia Kristeva señala la proximidad de lo abyecto con lo perverso en el sentido de ser lo abyecto perverso en sí mismo por la desviación y corrupción de la ley que legitima un orden salvífico respecto al caos original. En el universo -donde la idea del Mal se encuentra íntimamente vinculada a “lo defectuoso” que se intenta corregir- el ofertorio de la abyección descansa en el deseo amoroso por un objeto de amor inconfesable y por tanto silenciado, abyecto por la mácula de una identidad imposible. Dar muerte simbólica al “otro” por encontrarlo la expresión más cabal de los deseos más legítimamente inconfesados, oculta, por ello, un acto suicida evidente que la cuota de narcisimo no hace sino evidenciar. Tomando el deseo real como abyección y por tanto como uno de los elementos esenciales del estigma (tradicionalmente hablando acerca de la condición única del cuerpo como vía de persecución del placer) el cuerpo se convierte en ominosa presencia. Lo siniestro que se oculta detrás de lo familiar: cuerpos aparencialmente indiferenciados de los “normales” pero que no reproducen, cuerpos que privilegian el hedonismo y el placer, cuerpos estériles, dispuestos a afrontar (o no) la doblemente vergonzante esterilidad por ser no ya un destino fatal sino elegido.

 

Es interesante recordar la inquietud obsesiva por el cuerpo ya señalada por Ebtinger y Patris en el orden de considerar lo corporal como espacio primigenio y nutricio de la deshonra, el placer y el desorden. Y, así sobreviene el silencio como única forma posible de remediar este ominoso protagonismo que el cuerpo revela. Naturalmente, el “silencio”, no puede ser sino una ilusión dado que el cuerpo explicita un discurso propio. La inquietud por el cuerpo que “delata” por sí mismo, que abre pese al sujeto, las puertas a la intimidad, desnudándolo real y metafóricamente. La inquietud desorienta y arriesga por no saber qué hacer volviendo imperiosa la necesidad de protección. ¿Qué hacer con el cuerpo, entonces?, ¿qué hacer con esa bella y monstruosa alegoría?, ¿cómo defenderse y de qué?.

 

Como lo advierte Jacques Le Goff la revolución vinculada al cuerpo fue, desde el aspecto cultural, una de las más importantes respecto al triunfo del cristianismo en Occidente. Éste último se convierte en el imperfecto envoltorio del espíritu y sus connotaciones sexuales llevan al límite el horror por él. Un pasaje del Purgatorium Sancti Patricii, en el que los demonios juegan un juego de pelota con el cuerpo de uno de los condenados, resulta una elocuente manifestación del repudio hacia lo corporal explicitando un sistema que tortura la totalidad del cuerpo y afecta todas sus facultades en busca de la redención. El pecado original –primigeniamente pecado de soberbia intelectual- se ahoga en la concupiscencia y lo fisiológico se enfrenta a lo sagrado en irreconciliable contienda.

 

No obstante, existe una evolución dinámica en la percepción de los cuerpos desnudos y más específicamente de los desnudos masculinos. Luego del protagonismo que los griegos le concedieron, sobrevino el ascetismo cristiano que lo redujo al rechazo y la abyección. La resurrección se alcanza en el Renacimiento y una nueva agonía lo condena debido a las tensiones sociales que gestaron la sociedad moderna, la misma sociedad que, más tarde, sentirá –pese a cierto temor en función de las pulsiones a las que parece apelar- añoranza por aquella iconografía. A pesar de estos procesos evolutivos con respecto a la doctrina de lo corporal y quizá a consecuencia de ellos somos hoy herederos de aquella cosmovisión legitimada por el triunfo del cristianismo en Occidente. No es posible ignorar lo que hemos –casi atávicamente- aprehendido. La imposibilidad de leer (aún hoy) sino a la luz de estos antecedentes el patrón conductual propio de la sexualidad inherente a la naturaleza humana (desde lo exógeno y lo endógeno) se impone. Pero son esos mismos cuerpos los que desde la obra hablan intensamente, los cuerpos de los personajes se dicen con su propia discursiva y una explícita sexualidad adquiere por momentos relevancia casi religiosa. Los cuerpos se celebran con una naturalidad (que sólo se conquista en un proceso de reconocimiento mutuo) destinada a recuperar el Paraíso Perdido :

 

 ALUMNA.- Ella va abre las ventanas, la luz de la noche y las estrellas penetran a través del gran ventanal, la calle se ve completamente desde allí) vamos profesor...vamos voltee o sino me quedaré completamente desnuda, eso es desnuda y con las ventanas abiertas...vamos profesor (se quita los sostenes y las pantaletas) mire ya no tengo sostenes...

 

 PROFESOR.- Por favor lucía...por favor...vístete (sin voltear) si quiero...pero no puedo y si...también eres sexy... [1]

 

En esta escena el personaje femenino parece tomar el papel de una Eva redimida por su propia ingenuidad e inocencia (¿ingenuidad?, ¿inocencia?). Después de todo el pecado original muy presente en otros pasajes de la obra cuando Lucía juega con aquella idea casi como alegoría de un ángel caído nos recuerda una vez más la tradición a la que se aludía. Lucía subvierte la connotación concupiscente que el cuerpo adquiere (como construcción más tardía), descubre el suyo con un impudor tan natural que recupera la inocencia original y elimina la mácula. Desde su sexualidad el ofertorio es precisamente un cuerpo, su cuerpo, y a su vez ese mismo ofertorio trasciende el cuerpo mismo para transmutar en el conocimiento prohibido, en la verdad atávicamente ignorada, revelación del arcano y la libertad que con ella llega junto al precio que habrá que pagar por conquistarla y que las reflexionas últimas de la obra descubren con dosificada crueldad en una lucidez terrible.

 

En Pour en finir avec le jugement de Dieu, Artaud encarna en su propia esquizofrenia la esquizofrenia colectiva, el cuerpo que produce naúseas y que se convierte en el reservorio de todo lo escatológico, recordatorio constante de un erotismo aterrador, antítesis de lo que aprisiona: el espíritu. En el límite de esta conciencia la muerte se convierte en instancia de liberación porque resuelve esta convivencia (cuerpo/espíritu) angustiante.

 

Todo conduce, pues, a la ambivalencia fundamental: la naturaleza humana no es ni buena ni mala. Ni El Emilio ni Filosofia del tocador. Ahora bien siempre existe un ideal que juzga y determina. El conflicto sobreviene cuando el sujeto no responde a ese ideal y se ve obligado a elaborar estrategias que lo lleven a asumir en el espacio público la autenticidad de la diferencia o vivir la eterna dicotomía que lo fragmenta.

 

Nombrar lo innombrable para escapar de los muros de la biblioteca –del espacio cerrado-, para evitar sentir la soledad mortal de la que habla Alejandra Pizarnik y no disociarse en Jekyll y Hyde. Y, Lucía, ¿no está llamada también a este destino?, a recordar al Profesor el padecimiento del silencio y al vacío que las palabras no proferidas ocuparán en él, en sus años. Es el cuerpo el que nombra las cosas con los nombres escenciales, los que delatan la sugerente “inquietud”; ¿cómo se defenderá el Profesor del cuerpo de Lucía, de sus llamados y cómo escapará a las tensiones sociales que en torno a él gestó la sociedad moderna?.

 

En este sentido se inicia una relación vampírica entre dos formas exteriores –y muchas veces antagónicas- de una misma persona. Se introyecta la idea del “alter ego” que se entrega a los placeres y en ellos se consume y desborda, transgrede sus propios límites aprendidos como todos los que ha introyectado el Profesor. Combatirlo o creer combatirlo significa escindirse.

 

El acto de decir –o no decir- se encuentra en relación de dependencia directa con el ámbito reservado a las mismas preferencias y ceremonias eróticas que el coming-out colabora a expandir. El hecho de que para el Profesor el desafío sea el hacerse visible, a través del discurso que explicita, y que ello se convierta en un acto inevitable y traumático tiene –a mi juicio- estrecha vinculación con la recepción que de aquella confesión se hace. Naturalmente, la “evidencia” se ve afectada en sus procesos reproductivos y el ultraje del “secreto” exhibe un conocimiento que se prefiere prohibido. Retomando los conceptos lacanianos, la distorsión y la disimulación se presentan como únicas fuerzas reveladoras de la realidad social. L´école freudienne de Lacan nos advierte acerca de “la comunidad de la culpa” siempre liderada por una figura amada y temida al mismo tiempo que ejerce sobre los individuos el dominio absoluto. Quien lleva a cabo la simulación pretende ser lo que no es y su actividad reclama constante improvisación donde la modificación es la única constante y realidad/ apariencia, mentira/ verdad, no hacen sino confundirse. Lo que no se dice en la obra es precisamente el indico claro de aquella modificación constante. El reloj podrá marcar siempre la misma hora a excepción de la última escena pero los silencios revelan estar poblados de palabras siempre distintas que materializan desde el verbo las más versátiles pasiones humanas, también la simulación, también la triangulación del deseo. El pecado original –pecado de soberbia intelectual- condenó al ser humano a la pérdida del paraíso y lo señaló con la mancha que contamina. Antes de tomar la fruta del árbol del Bien y del Mal se la tomó del árbol de la sabiduría. Una “positiva ignorancia” protegía al hombre del sufrimiento, el dolor y la muerte. La pérdida de aquel paraíso se transmutó en una noche celiniana. Si el conocimiento de la verdad es el que otorgaría la libertad al ser humano ¿qué verdad –se desea o puede- conocer? o más precisamente ¿qué hacer con esa verdad?. El hecho de asumir tempranamente los sentimientos propios como “inaceptables” limita en la capacidad de objetivar con naturalidad la experiencia amorosa con naturalidad.

 

Probablemente los “girasoles” que no florezcan en invierno abriguen la capacidad trascendente de humanizar esa pregunta –que es a la vez respuesta- y plantear líneas de pensamiento que, estimulando el análisis reflexivo, nos aproximen a aquella metáfora, la del abanico abierto, con la que Michel Foucault representaba la realidad del complejo entramado del mundo así como la idea de Theodor Adorno respecto al sentido esencial que oculta el deseo de la revolución. Toda revolución representa un caos primigenio y ulteriores patrones conductuales que legitiman a los que asumen el rol de instauradores del orden. Claramente Lucía es revolucionaria (aún sin desearlo, naturalmente) y claramente el Profesor acaba seducido por ese espontáneo desorden, por ese retorno al caos primigenio. Ambos, desde sus roles, representan una amenaza al orden establecido, desafiando al statu-quo. Y lo trascendente nace precisamente en lo que muere, en la despedida final, en el oscuro profundo y denso con que se cierra la pieza. Naturalmente, de aquel abanico foucaultiano, vivimos apenas algunos de sus ángulos pues el primer gran límite del Hombre es el tiempo: ni por sucesión ni por simultaneidad podremos experimentar la completud de las posibilidades vitales pero coexistimos con ellas.

 

Desde el preciso instante en que el mundo libre y exterior representado por Lucía invade la biblioteca (mundo íntimo, preservado y endogámico en el que vive el Profesor) los personajes poco a poco dejan de ser jueces mutuos de sus propias conductas para convertirse en parte, sólo parte de ellas (cuando su no-libertad social deja de estar en juego; cuando el mundo natural –tradicionalmente mundo “exterior” y concupiscente, mundo de “apariencias” y no de verdades esenciales deja de ser visto como el reino de la no-libertad). La libertad les sorprende en esa conciencia y las pasiones humanas habrán de comulgar para la recuperación de sí mismo que el Profesor revela en el discurso monológico final donde agoniza el “moi social” e, insurrecto, se levanta sobre las ruinas de aquel el otro “moi”, el “moi profond”. Es entonces cuando se disipa definitivamente la dicotomía entre ambos y el efecto simbiótico con el espacio que protege y aísla a un tiempo (la biblioteca); capacidad recuperada al fin de aceptar verdaderamente el yo y no una representación de sí:

 

 PROFESOR.- ...Así te vas y así queda todo esto, porque ello también es parte de tu vida, del amor y de todo aquello que nos conduce a parecernos a nosotros mismos...Ella me enseñó que los girasoles no florecen en invierno...es mi última página escrita... [2]

 

 

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