Dramateatro Revista Digital 2007
Edición #20 Año 2007 Primer Cuatrimestre
Enero - Abril

 

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Alejandro Varderi

 

TEATRO EN NUEVA YORK:

ENTRE LO CLÁSICO Y LO NOVÍSIMO

 

            Este año el tan esperado Festival que se realiza en la Brooklyn Academy of Music (BAM) durante el otoño neoyorkino, ha destacado por la variedad de fascinantes trabajos multimedia y adaptaciones de obras de dramaturgos universales, tendiendo un puente entre las nuevas tecnologías y las formas clásicas de expresión. En tal sentido The End of Cinematics de Mikel Rouse reflexionó en torno al ocaso del cine como espectáculo, en el sentido moderno del término, para desmenuzarlo a través de un sincretismo donde se combina teatro, ópera, videoclips y los programas musicales propios de MTV.

            Arqueólogo de la imagen y el sonido, Rouse combinó el rap, blues, hip hop, soul y funk tanto en la banda sonora como en la música en vivo. Una película tridimensional sirvió de fondo a la representación, donde los actores reproducen escenas del film creando un montaje de imágenes, gestos y sonidos que rompe las barreras entre la experiencia teatral y la cinemática, espejeando así el trabajo de artistas como Robert Wilson, Meredith Monk y Philip Glass. La diferencia estriba en que aquí las influencias del videoclip y MTV redimensionan la pieza, al tiempo que su uso le sirve al artista para criticar la comercialización rampante del espectáculo teatral y cinemático. “Ahora cuando voy al cine siento que estoy yendo más bien a un parque temático”, apuntó el director.

            Con este trabajo Rouse buscó recrear la capacidad de sorpresa y el hechizo que nuestra contemporaneidad le ha robado a estos medios. Al eliminar digitalmente los caracteres en ciertas secuencias del film, a fin de trasladarlos a la escena teatral donde estaban siendo a su vez filmados y proyectados sobre otra pantalla frente al escenario, el director nos presenta múltiples visiones que borran las fronteras entre lo que observamos en vivo y a nivel virtual, rompiendo así la continuidad teatral y cinemática simultáneamente.

            Otro espectáculo de características similares fue Mycenaean de Carl Hannock Rux donde se combina el video, la música electrónica, la danza y el teatro. Basado en el mito de Hipólito según Fedra de Racine, y en el impacto de la violencia exterior sobre el entorno urbano, esta obra aborda el caos, la brutalidad y el miedo que el terrorismo y los fenómenos naturales desencadenaron en Nueva York y Nueva Orleáns, respectivamente. Imágenes de estos desastres se intersectaron con vistas de otras ciudades en ruinas, paisajes lunares y vegetación en descomposición, al tiempo que los actores monologaban en torno a la inutilidad de las guerras y la destrucción de numerosas civilizaciones a lo largo de la Historia.

            El sentido de irrealidad que la política contemporánea genera en nuestras sociedades, y que según el director, refiriéndose a la guerra con Irak, tiene a la población norteamericana en un estado de duermevela del cual no parece poder sacudirse, se trasladó a la pieza mediante una coreografía donde los bailarines colisionaban entre sí y con las paredes, al tiempo que sobre sus cuerpos se proyectaban imágenes de megalópolis erosionadas por una violencia que no cesa.

            Una pieza donde también se unieron diversas disciplinas fue Violet Fire, ópera multimedia de Jon Gibson basada en la figura de Nikola Testa, científico e inventor en el siglo XIX, de numerosos aparatos conductores de electricidad y precursores de la radio y el telégrafo. El uso de la música minimalista y la digitalización de voces e imágenes que, como rayos de luz, atravesaban los cuerpos de actores y bailarines, espejearon el movimiento de la energía eléctrica, al tiempo que recorrían episodios biográficos en la vida de Testa. Terry O’Reilly, director del grupo teatral Mabou Mines, ensambló texto, música e imágenes en un continuo puesto a ampliar las fronteras entre la realidad y su percepción, a través de la actuación y el simulacro.

            Pero ningún trabajo llevó tan lejos estas premisas como la producción de The Tempest que Michel Lemieux y su grupo 4 D art basado en Montreal, trajo a BAM esta temporada. Aquí cuatro actores en vivo se confrontan sobre la escena con seis hologramas de los personajes que llegan a la isla de Prospero salvándose del naufragio. Esta interacción entre el teatro tradicional y la tecnología contemporánea le permitió a Lemieux unir pasado y presente, a través de una pieza donde se verifica la premisa shakespeareana de darle vida al mundo sobrenatural contenido en la obra.

            Esta compacta versión de 90 minutos de duración sintetizó para nosotros el efecto dramático que la luz artificial, la magia y las mascaradas imprimieron a las producciones de la época. Según Lemieux, “The Tempest fue escrita en forma de espectáculo multimedia, como si Shakespeare hubiese anticipado la tecnología de que hoy disponemos”. La excelente sincronización entre los caracteres reales y virtuales profundizó en la simulación, permitiéndole a Prospero “convencer” a los demás caracteres y al público de lo justo de su caso, pero haciendo aún más evidente la doble moral del personaje, quien no duda en esclavizar a Ariel y Caliban a fin de lograr sus objetivos.

            Otra obra de William Shakespeare que sorprendió por la intensidad y el carácter lúdico de la sucinta puesta en escena fue Twelfth Night en versión del Chekhov International Theater Group de Moscú. Siguiendo las convenciones del teatro isabelino, todos los personajes estuvieron representados por hombres sobre un escenario sin efectismos, lo cual permitió concentrar la atención en la excelente actuación de este grupo , apoyada por una iluminación que puntuó los distintos espacios donde se desarrollaba la pieza. La fluidez de la obra también se hizo patente en el trabajo corporal, más expresivo aún que los rostros al momento de puntuar, por ejemplo, la vulnerabilidad de Viola frente al impetuoso duque de Orsino, mediante una coreografía que aunó teatro y danza al estilo de Pina Bausch y Twyla Tharp.

            Pero fue la misma Pina Bausch quien con Nefés (“respiración” en turco) nos trajo lo mejor de la danza-teatro en esta pieza concebida como un homenaje a Estambul, una ciudad que también ha sido víctima del terrorismo islámico. Encrucijada entre oriente y occidente, convergencia de historias y culturas Estambul cobra cuerpo en Nefés, obra estructurada en base a episodios cortos, como la mayoría de los trabajos de Bausch de las dos últimas décadas, donde los bailarines actúan y los actores bailan en torno a un lago que va formándose en el centro del escenario a medida que la pieza se desarrolla. Reflexiones acerca de la familia, el amor, la soledad, las relaciones de pareja se combinan con una coreografía muy fluida, donde sobresalen los solos dedicados a un aspecto específico de la geografía y costumbres del pueblo turco, en sincretismo con la cultura europea occidental, asiática y latinoamericana. En este sentido es de destacar el solo del bailarín venezolano Fernando Suels Mendoza mientras a capella entona “Mi querencia” de Simón Díaz. Tom Waits, Astor Piazzolla y la música turca, tanto tradicional como contemporánea, igualmente armonizaron cada uno de los episodios ―“imágenes” según Bausch― donde la coreógrafa espera que “el público encuentre un lugar para sí mismo”.

            Henrik Ibsen también ha estado representado en esta edición del Next Wave Festival mediante dos obras fundamentales: The Wild Duck y Hedda Gabler. La primera en versión del Nacional Theater de Oslo y dirigida por Eiriz Stubo destacó por la sobriedad de la actuación y puesta en escena, enfatizando así el simbolismo y sentido del humor inherentes a la pieza, a pesar del sombrío desenlace. Stubo introdujo algunos cambios en el texto para contemporaneizar los temas y proponer una serie de caracteres que, teniendo el rock de Elvis Presley y los Beach Boys de fondo, actúan sus dramas particulares, no como arquetipos sino como seres de carne y hueso en los cuales el espectador de hoy puede reconocerse y contrastar sus temores más íntimos.

            De manera similar, la producción de Hedda Gabler del Schaubürhne Theater de Berlín dirigida por Thomas Ostermeier, trasladó la acción a este nuevo milenio, ubicando el drama en una casa de diseño minimalista, donde las pantallas solares y las computadoras portátiles sustituyeron la luz de gas y los manuscritos de la época. Katharina Schüttler como Hedda sedujo al trío de personajes masculinos cuyas vidas acaban siendo decididas por ella; pero no desde la obsesión sino desde una indiferencia estallando en la escena final, cuando Hedda se autoinmola para escapar a una vida que se ha vuelto insoportable. Se hace así realidad el sentido que el propio Ibsen le dio a la pieza: “mostrar lo más profundo de las emociones humanas según los principios y condicionamientos sociales que cada época nos impone”. Una certeza que, gracias a este Festival, hemos podido enfrentar con ironía y agudeza una vez más.

 

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