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Alejandro Varderi

Espectáculos de avanzada en Nueva York

                Una vez más la Brooklyn Academy of Music (BAM) a la vanguardia del teatro, la ópera y la danza neoyokinos, nos ha brindado, entre febrero y abril, un excelente conjunto de espectáculos donde las obras de Henrik Ibsen han tenido un papel estelar. Ello no sólo por la calidad de las producciones presentadas sino por conmemorarse este año el centenario de su muerte. Exposiciones, ciclos de cine, conferencias y publicaciones han confluido también en la ciudad para celebrar al gran dramaturgo noruego, cuya producción teatral nos habla del precio que cada ser humano tiene que pagar por vivir según sus propios designios.
                El concepto de libertad individual, tan en crisis hoy día, dados los violentos choques entre civilización y barbarie como constantes de este milenio, cobran suprema urgencia con Hedda Gabler dirigida por Robyn Nevin para la Sydney Theatre Company, y protagonizada por Cate Blanchett.
                En torno al personaje femenino se teje la progresión del drama de Ibsen, puesto a reflejar la situación de dependencia que, pese a su intelecto y posición social, la mujer sufría en el siglo XIX. Nevin contemporaneiza esta visión dándole a Gabler el control provisional sobre los hombres que la asedian: un marido centrado en su pequeñez personal, un ex amante cuya capacidad para la autodestrucción arrastra a las mujeres que lo siguen, un juez pretendiendo esclavizarla a cambio de su silencio en la resolución de un crimen donde ella está indirectamente involucrada. Provisional, pues la intolerancia masculina finalmente se impone, llevando a Hedda a autoaniquilarse para no traicionar sus creencias. Esta adaptación espejea así el propósito que el propio Ibsen se fijó al escribirla: “mostrar cómo las emociones y los destinos están subordinados a las condiciones y principios que rigen a la sociedad hoy día”.
                  Una producción muy fiel a la época histórica contrasta con la violencia de gestos y las miradas de frustración contenida que Blanchett imprime a su personaje. Un personaje moviéndose con dificultad entre el abigarramiento de objetos propios de las casas de provincia, y de los que busca deshacerse; como si el estorbo físico alegorizara los obstáculos intrínsecos para ser ella misma, que su condición de mujer le impone.
                La casa se vuelve entonces prisión: espacio del horror donde la mujer que se resiste a ser “una mejora dentro del ámbito doméstico” es calificada de histérica y egoísta. En tal sentido la Hedda Gabler de Cate Blanchett cubre un amplio registro actoral que nos devuelve al exceso y grandilocuencia de las heroínas interpretadas por Sarah Bernhardt y Eleonora Duse, al refinamiento estilístico de Katharine Hepburn -a quien Blanchett llevó a la pantalla en El aviador, recibiendo un Oscar como mejor actriz secundaria-, o a la fuerza de la insatisfacción contemporánea, tan descarnadamente interpretada por Kathleen Turner en la reciente producción de ¿Quién le teme a Virginia Wolf? De Edward Albee.
                En el extremo opuesto nos encontramos con Peer Gynt, un intenso y extenso poema dramático que Ibsen nunca pensó podría llevarse a escena. Robert Wilson aceptó sin embargo el reto, diseñando y dirigiendo un fascinante espectáculo co-producido por el Norwegian Theatre de Oslo y el National Theatre de Bergen. Se combina aquí la magia de las leyendas noruegas, con la complejidad de un personaje puesto a reflejar el malestar del humanista de mediados del siglo XIX, ante las injusticias producto de la revolución industrial y los absolutismos.
                El minimalismo de la puesta en escena de Wilson -donde predominan los colores fríos, las formas geométricas y los haces de luz que atraviesan o zigzaguean por el escenario rompiendo la continuidad dramática- puntea el drama existencial de Gynt quien, viviendo en línea de fuga permanente, busca escapar al conformismo y la mediocridad de su entorno. Al transformarse en paria, sin otra ley que la que le dicta su conciencia, el personaje de Ibsen es marginado, tildado de loco y finalmente condenado a pagar con la muerte el derecho a ser.
                Para Robert Wilson Peer Gynt representa al individuo que “se cuestiona el significado de la vida, y busca la verdad a pesar de sus decepciones y errores”. Ello crea además un paralelismo con el propio Ibsen, quien huyó siempre de las convenciones sociales y, como Peer Gynt, tuvo un hijo muy joven sin casarse.
                Utilizando esculturas de elementos orgánicos que surgen del suelo o bajan del techo, muebles que los actores alteran y transforman en mesas o cubículos y un maquillaje fantasmagórico, Wilson reflexiona igualmente acerca de los totalitarismos, las guerras, el terror y el ostracismo en que la intolerancia de los gobernantes sumerge tanto al intelectual como al individuo corriente, creando un gran fresco donde los personajes por instantes se desvían hacia la audiencia, en un intento por sacudir el sopor en que nos hallamos sumergidos, mientras a nuestro alrededor el mundo se despedaza.
                Otra pieza intemporal por su poder de desentrañar y exponer los convencionalismos de la época es The Importance of Beign Earnest de Oscar Wilde. Dirigida por Peter Hall para su propia compañía y el Theatre Royal Bath,  y con Lynn Redgrave como Lady Bracknell, el conjunto ha resultado ser una fiesta para los sentidos, dada la gran empatía, virtuosismo y profesionalismo del elenco. Combinando sátira y comedia, The Importance agudamente critica la hipocresía de la sociedad victoriana que, pocos días después de estrenarse la misma, condenó a Wilde por su homosexualidad encarcelándolo hasta destruirlo física y creativamente. Un riesgo al cual su vida y obra lo llevaron y el artista asumió concientemente - de hecho, durante la época victoriana, la palabra “earnest” era a veces usada como un eufemismo para homosexual.
                Bajo la dirección de Peter Hall la pieza no evade ninguno de los subtextos sino por el contrario los realza remarcando, con claridad y acierto, el lugar de cada personaje dentro de la farsa: el dandy oportunista, la joven obnubilada por el savoir faire de su pretendiente, la madre quien sólo piensa en casar a su hija con un joven socialmente prominente… Para Hall “no existe ni antes ni después (gracias al brutal tratamiento a que fue sometido su autor) una obra que diseccione con tanta perspicacia a la sociedad inglesa, y exhiba sin inmutarse los pormenores del mercado matrimonial”.
                El elenco resuelve con maestría y elegancia el reto de extraer todos sus matices a la danza verbal que el texto de Wilde exige, sobresaliendo el personaje de Lynn Redgrave, por su capacidad e ingenio para catalizar y decidir el curso de las relaciones afectivas. Sus entradas intempestivas a escena, lo enérgico de los gestos y una dicción impecable, nos devuelven a la época dorada del teatro inglés, donde su hermana Vanessa y sus padres Michael Redgrave y Rachel Kempson tienen también un lugar prominente.    
                Para celebrar el 25 aniversario de su compañía el coreógrafo y bailarín Mark Morris ha presentado, entre otras piezas, una versión de la ópera teatral Four Saints in Three Acts compuesta por Virgil Thompson con libreto de Gertrude Stein. Una acertada escogencia, pues esta pieza no sólo le permitió a Stein mostrar sus dotes para lo que ella llamó “la comedia de la palabra escrita” sino que, al estrenarse en 1934, con coreografía de Frederick Ashton, sacudió a la sociedad de la época pues el elenco estaba integrado por artistas de color únicamente.
                Basada en un encuentro hipotético entre Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola -los otros dos santos son San Esteban y San Chávez- Four Saints de Morris explora los aspectos lúdicos del éxtasis místico, mediante un trabajo coreográfico de gran eficacia y vigor que privilegia el contrapunteo entre movimientos rápidos y pausados, con citas a ritmos contemporáneos como el tap y el swing y al folklore español –sardana, jota, sevillanas.
                La puesta en escena incluye referencias a los textos de Stein, inscritos en los telones, y a la obra de protegidos de la autora como Picasso, Chagall y Matisse. Ello crea un mundo fantástico donde los bailarines, cantantes y actores dialogan entre sí y con el público, o se repliegan en sí mismos pero sin interrumpir la circulación de los lenguajes. En tal sentido, el trabajo corporal concebido por Mark Morris se adapta a la fluidez casi automática de la escritura de Gertrude Stein, de quien el mismo Virgil Thompson observó que “escribe poesía del modo como un compositor hace su música, es decir, escoge un tema y lo desarrolla, o más bien deja que las palabras surjan de la libre expansión del sonido y el sentido”.
                La plena expansión de tales elementos ha estado presente en dos trabajos de ópera teatral: Hércules de Handel y La pasión de San Mateo de Bach. La primera por el grupo Les Arts Florisants con dirección musical de su fundador William Christie y dirección escénica de Luc Bondy. La producción alude al “drama musical” como género, tal cual lo definió el mismo Handel, y gira en torno al poder destructivo de los celos que aniquilan física y mentalmente a los distintos caracteres, aquí desplazándose sobre un escenario cubierto de arena, con ropas de camuflaje y armas modernas. Ello transformó la pieza en una potente alegoría de la “operación desierto” que enfrenta hoy a los países industrializados con el mundo árabe.
                Por su parte, La pasión de San Mateo con dirección musical de Paul Goodwin y dirección escénica de Jonathan Miller, conservó toda la fuerza de la obra de Bach, aun cuando careció de trajes  y escenarios, dándole la libertad a cada integrante de vestirse según su estética personal. Tal frugalidad no obliteró sin embargo la monumentalidad de la pieza, que transformó a los cantantes en auténticos actores, dirigiéndose al público y moviéndose entre los instrumentos de la orquesta, a fin de romper con el esteticismo propio de este tipo de trabajos. En resumen, un éxito más para BAM, y una fuente de placer para quienes tuvimos oportunidad de verla, el día más señalado por Bach mismo para montarla: Viernes Santo.



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