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LO DRAMÁTICO NATURAL EN LA PALABRA DE ARLT
JOSE LUIS ARCE
E-mail: joluarce@yahoo.com.arCORDOBA
Partamos de un hecho incontrastable hoy en día, que podría sintetizarse como la teatralidad intrínseca en la obra de Arlt, y que no necesariamente pasa por sus obras de teatro. Hoy interesan y probablemente son más repre-sentadas sus
novelas y cuentos, fuente de descubrimientos permanentes por parte de los artistas jóvenes. Es en ellos donde esta especie de vida póstuma, se prolonga a costa de su propio esfuerzo, de su propia suscrip-ción, porque aún hoy, Arlt sigue legitimizándose, pasando de la mano de los réprobos actuales, por las mismas prueba s. El que vive lo que piensa, representa un acto vital. Y en ese sentido digo que su palabra tiene el va-lor de un acto. Es palabra en acto. O lo que es lo mismo, palabra dramáti-ca.
Esto último, estaría marcando su permanencia en una condición a-sistemática, contra-institucional y hasta revulsiva, impensada en otros autores de su tiempo, que a esta altura, o ya han ganado las mieles de la serena instalación en los anaqueles, o el olvido. Con Arlt, como en el famoso poema de Hölderlin , uno vuelve y re-vuelve a la patria, que se hace cada vez más reconocible, y se siente que el sentido de ella crece, y se instala por el lenguaje, aunque uno deba aproximársele “por calles oscuras y parajes taciturnos, en contacto con gente terrestre, triste y somnolienta” .
En esta época de ausencia y desmemoria, de tortura a las bases mismas de nuestro psiquismo nacional, Arlt premonitoriamente había ya sentado bases críticas para ayudar a unificar nuestras dispersiones, a destronar nuestros olvidos. Arlt es con-traolvido desde su propio tono, desde la textura de sus ritmos y cadencias vehementes. Desde ese acrisolamiento de “fragmentos” que plantea Piglia.
Lo que no se olvida, se re-presenta ante nosotros, se teatraliza, se inunda de tiempo. Se corporiza. Arlt es el escenario de la anamnesis argentina. El mecanismo de emplazamiento de su obra dentro de nuestra cultura, ha devenido representacional, teatral. A ello, agrega un don que no todos los autores ostentan, el de soportar versio-nes, interpretaciones, revisiones, relecturas. Arlt, así, es tanto mentor, padre cultural, escena convocante, como raíz experimental, pista de prueba de nuestros balbuceos, por llamar a las cosas con un nombre que nos las funde a nuestros ojos. En una palabra, un desafío.
Más allá de los gustos, podría sostenerse que es el autor que más representa el drama de nuestras anhelantes búsquedas (incluso artísticas), y quizá, la marcha del que va a él, no sea en el fondo afán de descubrirlo sino acercarse un poco más a sí mismo. Esa rara generosidad, que no campea en la generalidad de una cultura, carente cada vez mas de ‘obras y servicios’ verdaderos, es propia de los que imaginaron y construyeron su singularidad, con el propio laceramiento de sus carnes, caminando sobre las brasas de las miserias ambientales, mientras otros por concepción o elección, sólo se avenían a repantigarse sobre los edredones acariciantes de unas letras elusivas.
Propongo este modesto testimonio vivencial desde el contacto directo que afronté como director teatral, con su relato “ESCRITOR FRACASADO”, estrenado con el título de “Maten a Roberto Arlt” , que en los hechos fue un análisis escénico de una dramaticidad latente, que sólo parecía a la espera de una forma, siempre ocasional, entre otras miles posibles. Ahora, no todo texto plantea esta seducción. Y esto porque en él reverbera un ritmo que supera los estilos, reacio a dejarse engañar por ellos.
Por decirlo todo de una vez, la obra de Arlt es dramática porque se basa en la vi-da; su fuente es ella, sin ambages. Y esto que puede parecer una escandalosa obviedad, vale si con ello advertimos, que no se antepone una ideología, una mitología, un pre-concepto cultural, una retórica, para componerla, sino que se moldea, se cincela desde las cosas mismas; en contacto con ellas. Como ensañándose directamente con su nú-cleo. Este alimento de tiempo, de materia concreta, es lo que en Arlt construye su dra-maticidad. Esa dramaticidad en sí, la hizo apta, dúctil, adecuada a las mutaciones for-males de las épocas, y lo convirtió a él, en el poeta que tenía la manía de ir directamente a las cosas.
Pero para llegar a esa vida, Arlt transgredió muros, como debió transgredirlos, ya de vuelta, su palabra para ser oída. Llega a nosotros como un mensaje hasta el mo-mento desoído. Uno después puede terapeutizar la culpa de pese a todo no oír, aunque en nuestro caso la ignorancia por decreto, viene teniendo como comunidad, un alto precio. Esto asume la forma de algo dicho en el pasado, que es vigente, pero desconoci-do. Arlt sigue gritando en el desierto.
Podría decirse que el drama argentino subyace en todos y cada uno de sus es-critos. Y no fueron ellos el lugar idóneo para que ese drama escamoteara su riqueza y contenido, ni él un intermediario que le disputara el centro de la escena, desde narci-sismos personales que lo mediatizaran, deteniéndolo, disimulándolo o distrayéndolo en sus distintas facetas.
En el cuento arriba mencionado, hay una idea que surge de una autocrítica, de la que ha carecido la cultura de nuestro país a lo largo del siglo. Si es por esto, no podrá decirse que el país ha carecido de modelos. Allí nuestro autor hace un planteo visiona-rio, pues tratándose de un relato del primer tercio del siglo xx, parece describir antici-padamente, con escenas flamígeras, lo que ha sido el desarrollo del siglo todo. Esto en un país que ha desnudado una escasísima disponibilidad y propensión al auto-reconocimiento, sobretodo cuando se trató de ‘errores’, los que al fin, se instalaron con tal naturalidad a respirar el aire cotidiano, que pasaron por ser signos identificatorios en medida superior a los ‘aciertos’. Esto quizá haya colaborado a crear una cultura en-soberbecida en espúreas megalomanías, en falsas seguridades, en soberbias y egocen-trismos, por no decir directamente en crueles y nada inocentes solipsismos. Donde lo que se ha visto socavado, es el sustento ético. Se melló la base que soporta nuestro ser. En este sentido en tal relato, la vía negativa, el contraste por el que se plantea lo ético, toma un giro que lo hace absolutamente agudo y virulento, que no anula, sino más bien que potencia, la ludicidad de la idea; y en ella creo que subyace la dinámica típicamente dramática que asume la lectura en tono de autocrítica. Cuando se devuelve la mirada para que esta registre al propio testigo, es para potenciar la lectura original de las cosas, con un nuevo brío, para ir más allá del relator, más allá del que está planteando su vi-sión.
La visión crítica de Arlt, se lanza en un contexto cultural de país joven. Pero la enjundia y obstinación en el error y la hipocresía, rescata el formidable valor de quien ya diagnosticaba, lo que este raro optimismo masoquista de nuestra cultura, se afanó en transitar, con tanto empeño por tropezar con la misma piedra, que asombra por su vocación de ofuscación, como desconoce lo que nos ha envejecido, por lo menos cansa-do prematuramente. “Escritor Fracasado” traza un diagnóstico cultural espeluznante, único por su lucidez en nuestras letras, repito, verdadero paradigma de auto-crítica. Y no extraña que éste venga de un artista. Sería fácil deducir de allí una unidad de medida para mensurar errores históricos, entre ellos el más oneroso a medir por el precio ya pagado: el de no haber dispuesto de una actitud íntegra a través de esa mirada que vuelve, y haber dejado por ello, el espacio vacío, disponible, para la mendacidad gene-ralizada, la indiferencia, la desmemoria, la simulación inmutable e inimputable. Y esto es casi ocioso y tautológico aplicárselo puntual y exclusivamente a políticos, eclesiásti-cos, militares, intelectuales y también a pseudo-artistas. En este sentido pocos fueron los que pudieron legitimar históricamente sus roles de artistas cabales, que iban más allá de tener una ‘función social’, como se les supo enrostrar a veces, solo con el pre-texto de hacerlos manipulables, obedientes y sumisos. Función social de Perogrullo ya que aquellos que se la imponen al artista, desconocen la función factual que de por sí, y fuera de endilgamientos ideológicos y de dictarles finalidades compulsivas, surge de su praxis inútil, de esa cultura creativa prescindible que no es la que más le interesa dise-ñar al poder como política de Estado. La sacrosanta inutilidad del Poeta, ha cubierto siempre compensatoriamente lo que se ha callado. La piedra pómez que se ha congela-do bajo nuestros pies después de erupciones y volcanes, tiene demasiados poros y va-cías anfractuosidades, que son las tentadoras fauces que antes de alimentarse de la ne-cedad, son irrigadas por la sacrosanta acción, por nadie encargada, de los poetas verda-deros. Arlt es uno de esos irrigadores de materia, en la vaciedad y el abstractismo. Va-cíos intersticiales, disputados con encono por el esnobismo, la cultura por encargo, y hoy en día, por la memez martirizante de los medios masivos de comunicación. Y por eso, partiendo del relato citado, y porque es fácilmente deducible su visión cultural, es ética, porque nadie la reclama, pero está ahí en formidable integridad. Como reservorio moral de los espíritus agotados. Esa es misión del creador a ultranza. Del que crea lejos de las academias. Del que crea aunque no pueda. Del que crea aunque no se le deman-de, ni se lo necesite. Crea para siempre. La voz inútil del poeta, es una voz sagrada. Y es la sagrada inutilidad de Arlt entre nosotros.
En Escritor Fracasado, verdadera crónica de artista desazonado, confesión de desesperado, analiza una decadencia cultural ya por ese tiempo grave, involucrándose desde la primera persona del relato, destacando que el albañal no le era ajeno. Su mira-da adquiere la ironía cruenta de quien desnudándose frente a un espejo, pone la pauta que luego en términos finiseculares, la sociedad no aceptó asumir. Se transformó en un anti-modelo. Lo que no se hizo luego con el artista, también fue en sí mismo negativa-mente ejemplar. Cuando Borges cita a Carlyle: “la historia universal es un texto que estamos leyendo y escribiendo continuamente, y en el cual también nos escriben”... nos permite ver con Arlt, después de leer las furibundas calificaciones que le prodiga a nuestras taras pertinaces, el sentido profundo que asume en el relato de la vida, apren-der las técnicas de colocarlo a éste, en segunda o tercera persona. La depurada técnica que sirve para plantear como juego de relato, aquello de que fue Otro: el del error, el del pecado, el del crímen. El único palo en la rueda a esa tremenda maquinaria de falsear postulada como cultura, ha sido colocado siempre por el hombre poeta, dicho esto, si se me permite, en dimensiones antropológicas. Y en este sentido, ninguno lo hizo más que Arlt. Al relato instaurado, respondió con un contra-relato, autogestionado, autocentra-do, personalísimo. Es el contra-espectáculo de la sociedad del espectáculo, la contra máscara ideal al sistema de las mil máscaras, a ese gran simulador.
Creo que el Poeta es lo ético en sí, cuando, como en este caso, puede testimoniar que en un país con un erróneo sentido de lo progresivo, o por vocación de olvido, o por un sentido de aturdimiento, existe poco esa mirada que objetivamente vuelve sin con-cesiones, y que podría implicar la posibilidad de rescatar sinceramente, verdadera-mente, algo de quienes somos. Es que éste, el Poeta, desafía a recorrer el camino más largo, el del fundador, el del creador, y no los atajos que conducen a la corrupción. Ese es el mensaje en sí del Poeta y de lo que él representa. El modelo del hombre que crea, no se contrapone a secas al del que no crea, sino que este conlleva el riesgo de ser, te-ratológicamente, la opción de la desviación. Y Arlt es el adalid de ese modelo antídoto en nuestra cultura, a un mal que en nuestros días, ha crecido como un moho maligno que amenaza con ahogar nuestros más puros signos vitales. En este sentido, la mirada del poeta, aparte de perfilarse como paradigma crítico (autocrítico), por eso mismo, asume un sentido ético. El verdadero artista nunca miente, porque cuando lo hace, simplemente deja serlo.
Tal vez como se concebía alrededor de Pitágoras entre los griegos, siendo quien primero usara la palabra cosmos, la creación humana era un poco como la parturienta del caos. Y eso sonsacaba el orden que subyacía o que se podía componer alrededor de las cosas. En una sociedad expuesta al adocenamiento, cuando no a la masificacion lisa y llana, deliberada, estupidizante y sistemática, la figura del artista supera la mera cu-riosidad de un hombre capacitado como para hacer caber un grupo de palabras, en un vacío y desafiante rectángulo blanco, y se transforma en el que ayuda a hacer nacer lo diferente.
ARLT es de los autores que se ligan espontáneamente a una realidad directa y nos hace creer que ésta siempre mantiene tal condición; y es de los pocos que en el pa-norama de nuestra literatura, ha logrado trascenderla hasta hacerla pregunta o res-puesta, signo de una manera de ser, de una personalidad cultural precisa, e inquieta. Arlt pudo hacerse representativo y ha cundido entre las más jóvenes inquietudes de nuestra cultura, porque en épocas de tanta ambigüedad y corrupción, su discurso ha quedado aliado a la verdad. Y eso en un autor no surge de ninguna proclama en espe-cial, sino de un aroma, de una inflexión, de un tono, de una misteriosa forma de ser creíble. Porque más que verosímil, Arlt es creíble. Verosímil es la técnica, creíble es el hombre. La figura de países agitados y hasta caóticos como el nuestro, más que de ras-gos determinados por un Parnaso impoluto, se asocia a aquel que encarna los factores reales de la vida, o los factores de la vida viven de su cuerpo real.
Carl Schmidt, el polémico jurista alemán, manifiestaba: "el espacio público común que en toda representación teatral abarcan autor, los actores y los espectadores, no se basa en las reglas lingüísticas y teatrales comúnmente reconocidas, sino en la experien-cia viva de una realidad histórica común" . Si es por esto, Roberto Arlt es un autor ab-solutamente compenetrado del espacio común. Su palabra es vigente porque siempre parece pegada al presente. Es por ello mismo un autor deliberadamente eludido cuando es eludido. Lo que confirma su carnadura y dimensión políticas.
Arlt se para en plena década infame en un risco solitario, a otear un país que se resiste a abandonar el caos, la a-juridicidad, que le permitiera ingresar a un verdadero y renovado proceso civilizatorio, sustentado por una forma cierta del Estado moderno y democrático. Arlt, es el escritor salvaje, de cabellos crispados y azotados por los venda-vales de la incertidumbre general. Su más válido testigo. El propio salvajismo de sus letras, expresión de la ilegalidad formal de quien trabajando para la vida real de acá, era denostado desde el preciosismo y legalismo formal compatibles con Estados organiza-dos, que no eran realidad de acá.
En Arlt, uno presiente que su obra agitada representa ese pasaje del que aún no terminamos de salir como Nación. Pasaje que no lleva a mansas aguas de intemporali-dad, sino a la mar de nuestro tranquilizador destino, por saber que lo tenemos. Pero los personajes de Arlt reflejan esa ilusión enajenante, la de vivir ilusamente como instala-dos agraciadamente en lo político, mientras en los hechos están tomados por las garras de una barbarie pre-estatal y cultural. De ese viaje del caos al cosmos, quedan víctimas, lastres humanos. Arlt destina su corrosiva compasión a los pobres seres, inconscientes herederos, despojados por una juridicidad, por una organización social degenerada. Su palabra se alimenta de tiempo, pero donde mejor se expresa es en el instante. Es allí donde plantea las reglas inconfundibles de su juego rabioso. En el instante de los que lo recuerdan, o lo encuentran, o lo descubren. El instante es siempre único, particular, de cada uno. Él representa esa intimidad donde no se miente. Con el salvajismo del que por instinto sugiere a la naturaleza verdadera y que no tiene en la poética, la manera de escamotearle su profundidad, autonomía e inocencia.
Su voz se hace profundamente dramática, porque a través de ella, se expresan voces acalladas en falsos pudores, tonos prohibidos, inflexiones pasionales, tosqueda-des de la vida diaria. Arlt respeta el mito del poeta, tanto como respeta y considera al hombre real. A éste nunca lo olvida. Hasta la singularidad que preside algunos de esos personajes, remiten a un sentido social y humano que alcanzan características éticas. Doblemente si él lo hace sobre el olvido de otros. Porque la unidad de medida sigue siendo el que lo hace, y no el que deja de hacerlo.
Su voz desencantada es original en un medio sobrecargado de la promesa de la felicidad, que no pocos adjudican a la literatura y a las artes de un proyecto idealizado. No todo autor se presta a ser re-descubierto. Porque pocos mantienen la coherencia e integridad incólume como sí ocurrió en su caso, aún después de muerto.
Arlt ayuda a reconocer la realidad, y uno de sus efectos más teatrales, es mos-trarla en sus dimensiones más desagradables. Se puede estetizar la injusticia, u optar por hacerla visible. Y sólo la poesía revela, por eso su prosa vehemente es inequívoca-mente poética. Arlt es un poeta que desdeñó las formas líricas que se presumen espon-táneamente artísticas, y tomó la prosa como la única forma que desde el desprejuicio, abarcara todas las capas de la realidad. Arlt no quería quedarse sin fuentes, o inventar-las sobre bases subjetivas. Por eso constantemente gana contenidos, representando al coetáneo. Diera la impresión que si escribió desde la realidad, demanda para su lectura hermenéuticas reales, esto es, corazones que laten. Y creo, el teatro lo demuestra: es la mejor medida de lo dramático, en lo dramático.
Si este se nutre de tiempo, de la mano de un gran autor puede alcanzar el volu-men de lo mítico y de esa forma, traspasarlo, trasponerlo. En Arlt, hoy por hoy, trabaja esa forma de eternidad. Su prosa es poética porque abarca lo que se manifiesta, como aquello que pulsa soterradamente. Por decirlo según Bachelard , tiene en prosa la verti-calidad del poeta. Y es la forma integral de captar las dimensiones, incluso aquellas que se repliegan para escabullirse a la razón. Tal como en el theatrón griego, que era un lugar para ver, pero sobretodo, para ver lo que no se veía hasta ese momento. Lugar para corporizar ante la conciencia, lo que ha venido escapando a la comprensión. Arlt entre nosotros, convoca en matinée, tarde y noche, al lugar para ver. Arlt convoca a toda hora, al theatrón.
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