Luis Chesney Lawrence
200 Años de la Bella Guayaneƒa
La ambientación es la de un bosque espacioso, enmarañado con una colina al final. Ahí yacen Camur y Zadir, indios, ambos maltratados, encadenados por sus pies. El primero más viejo que el otro, pareciera ser su hijo. Habla Camur, el viejo, “esclavos somos; la fuerza y el rigor han conseguido humillar nuestra soberbia; pero mi corazón fuerte toda su altivez conserva. Imítame: y no esos viles conquistadores adviertan tu temor, antes admiten nuestra constancia, y comprendan que en los que llaman salvages, hai tan noble resistencia que saben de la fortuna contrastar las inclemencias”. El triste diálogo continúa con la correspondiente respuesta lamentosa de Zadir, “lloro al ver mi patria opresa, esclavos a mis amigos, y á mi idolatrada prenda Delmira, expuesta al arbitrio del vencedor”.
Aquí parece completarse el cuadro de una típica intriga dramática. Pero no, no es exactamente eso, porque Zadir a continuación deja en el aire el factor clave que completa la escena, “¡Ah! que el amor y los zelos duplican mi pena acerba”. En efecto, Delmira es la hija de Camur y esposa de Zadir. Ella, según su padre, en su bello rostro refleja la nobleza de su corazón y su gran valor y fortaleza cuando a ella también se la llevaron a la fuerza, a servir a casa del conquistador, y esto la hará resistir estos embates del amor, Pero, los celos son los celos y cuando el río suena, piedras trae.
Ella no se dejaría tentar con pasajeras lisonjas, aunque su esposo, pensándolo más, podría preguntarle esto directamente al mismo suegro, padre de tal hija, “¿no temes que en su hermosura se enciendan los pechos de los contrarios?... Ay Camur, los Europeos en la perfidia se adiestran de envenenar con los labios el pecho de las doncellas”. Tristes cavilaciones que van ahondando la duda. Por ahora, baste saber de esta triste historia que mantienen prisioneros a suegro, yerno y a su mujer, raptada con inusitada violencia por aquellos crueles europeos conquistadores
Entonces es el turno para que entre en escena Nardir, otro nativo, amigo de Zadir, quien trae buenas noticias, Ya era hora que este drama cambiara su curso, y en qué forma lo hará, miren lo que les dice, “... mirad mis pies sin cadenas... ya resuena la paz por la playa y bosques”. La Providencia se apiadó de ellos. Esto es un gran respiro para todos porque con lo que ya ocurría parecía sumergir el drama en tragedia, pero ahora gracias a este gran viraje todo parece tener solución, no era posible tanta desgracia, tanta tragedia tragediosa. El hombre nunca es tan malo, Ahora todo parece diferente. Qué respiro. Todos en el teatro dan un respiro.
Todo está muy bien, pero y qué pasará con Delmira, la esposa raptada. También las noticias son buenas, según Nardir, “ella las paces fomenta: con su gracia y hermosura logró calmar la fiereza del enemigo”. Mi Dios, qué bien, aunque pensándolo mejor, habría que leer esta líneas de nuevo para entender mejor el mensaje... Bueno, no es tan claro, depende del cristal con que se mire. Para su padre el sentido es muy claro, de corrección y de lealtad. Pero, para el celoso Zadir, las cosas podrían ser diferentes y muy preocupado pregunta, “¿Pudo Delmira dar franca puerta en su pecho á un deshonesto amor?” El pobre Nardir, sin saber qué responder sólo atina a decir entrecortado, “Yo no sabré responderte; solo te diré que es cierta la inclinación que á tu hija unanimes la profesan nuestros dos conquistadores”. Ay, Señor, que respuesta tan delicada y tan difícil de entender. Cualquiera podría decir con razón, vuelta a cero. La tragedia otra vez.
Los conquistadores, que ahora se sabe son dos, ya habían explicado en la propia lengua nativa sus costumbres y estilos. Cuenta Nardir que ellos hablan “con particular destreza nuestro idioma, qual nosotros que en el centro de la selva de la Guayana nacimos. Decían pues, que veneran en extremo a sus mujeres, que las aman –las respetan- y tal vez las obedecen. En fin, tan opuestos piensan á nuestra antigua costumbre que culpan nuestra rudeza, porque solo las amamos en quanto la providencia las formó para extender la humana naturaleza; detestando de que hagamos quando el hambre nos molesta manjar de su propia carne, por lo que nos improperan con nombres de antropofagos y salvages”. Sin comentarios.
Por supuesto, esta declaración de intenciones de los conquistadores deja atónitos a medio auditorio, incluyendo a los salvajes indígenas que están en el escenario. Imaginen por un instante que hubiera un derecho de palabra para opinar al respecto. Bueno, eso mismo es lo que ocurrió en el escenario.
Es hora de la entrada de los conquistadores, esto servirá para aclarar unas cuantas cosas. Entonces, entra Don Alonso con su séquito y saluda con su correspondiente disciplina y claridad marcial: “La paz resuene, Soldados, en toda esta inculta tierra.” Ahora sí se acabó el problema. Mas, no es como se pueden imaginar. El hombre es bueno, ya lo había dicho Nardir. Por tanto, luego de esa cachetada de saludo al nativo, viene el otro lado de su humanidad, su bondad, el cumplimiento de su palabra, el honor de su misión, “romped luego las cadenas de esos míseros, y todos quitanselas, desde hoy mismo á gozar vuelvan de su antigua libertad, y en tranquila paz sincera formemos una alianza que el tiempo no la disuelva”. No se los dije... Respiros de agrado entre los asistentes.
Tanta bondad acongoja. Pero ahí está Zadir, el salvaje celoso, dispuesto a poner en prueba toda esta muestra de hermandad del conquistador, al decidir preguntar por su Delmira, “que me venera por dueño”. Dice, entonces, el conquistador, “ley cruel que tiraniza asi la naturaleza haciendo esclavas del hombre las infelices doncellas! ... Feliz Delmira, pues miro que inocente se conserva! Su alma es digna de otro premio, libre nació, libre es fuerza que quede su corazón para elegir al que deba ser dueño del amor suyo y si á aconsejarse llega con la luz de la razón, despreciando ley tan fiera no se entregará a un salvage”. Y ahora que son libres se pueden marchar para hacer sus cosas... padre, suegro, marido. ¡Vaya respuesta!
¿Y, Nardir, qué hará? –El esclavo explica, “aquí ninguno se diferencia del otro en grado: seguimos la ley de la naturaleza. La caza es nuestro exercicio; y de las rendidas fieras ensangrentada la carne al cazador alimenta, con cuya piel resistimos del invierno la inclemencia. Frutos y plantas á todos son comunes, y la tierra que es fecunda en sus semillas, prodiga se manifiesta con nosotros todo el año. Nuestra sed se halla en las peñas en humores cristalinos raudales que la recrean; y entre nosotros consigue solo mayor preferencia el que en mas varonil prole da vigor á nuestras fuerzas”. Se van los salvajes. Llega el momento tan esperado. Frente al conquistador Don Alonso aparece Delmira vestida de gala, esto es, según las costumbres europeas, y tomando la iniciativa se dirige al hombre, “de mi respeto, Señor, ved aquí la primer prueba, pues vengo por complaceros al uso de vuestra tierra vestida; las pieles rudas por esta que llamais seda gustosa troqué; nosotras también en aquellas selvas la pompa apreciamos: luego que la hermosa primavera brota la flor mas temprana, al pecho de las doncellas se traslada por adorno...” Con esto pareciera que ya está todo dicho. Es obvio lo que prosigue, las flores de Don Alonso inundan la platea. Para ella lo importante es la sencillez, el no fingir y el cumplir con sus compromisos “pues no pronuncia la lengua lo que el corazon no siente”. Todos piensan mal, muy mal, con razón. Todo sigue marchando bien, hasta se podría pensar que esto es un bien montado melodrama, pero he ahí que luego de tantas sutilezas aparece el problema, la queja de ella. Sí, con su gracia sin par y su suave caricia le cae con la triste verdad, “mas también entre vosotros hai algun cruel que intenta sugetando mi alvedrio, violentarme á que le quiera; de su piedad hace alarde, el precio de su fineza pretende, y me llama ingrata”. ¡Oh!, Esto no lo dice Don Alonso, porque él es mucho más directo, dice realmente, “¿Pues quien te insulta?”, a lo que Delmira sin titubear responde, “Ximenez”. Este es el otro conquistador. Malvado, ya era el momento.
Ximenez es el compañero de Don Alonso que vino acompañándolo a conquistar esta tierra y con quien comparte el mando de esta empresa. La ocasión está planteada para que Don Alonso se distinga por sus maneras y haga las cosas que tiene que hacer de otro modo, “yo te adoro, lo confieso, pero a tu beldad respeta mi corazon, y no intento hacer á tu amor violencia, sino que libres tus labios me den muerte o recompensa”. Bonito.
La reacción de Delmira es de escándalo, por supuesto. “que ridicula idea formais de nuestros salvages! ... Aquí el deseo no mueve á la rapiña; contenta con su suerte se vé el alma”. Aprovecha la ocasión para lanzarle algo que ella no sabe aún, “dá libertad a mi padre”, dice, y esto le da pie para explayarse en un civilizador mensaje que todos deberían escuchar, “Ya hice quitar las cadenas á Camur, Zadir y á quantos gemian baxo su adversa fortuna; no deseamos los tesoros que esas tierras esconden en sus entrañas; que salgais es nuestra idea de vuestra torpe ignorancia, y conozcais la suprema inmortal causa por quien subsistimos, y se alienta. ... Alonso De Sousa rinde obediencias a la preciosa Delmira, y quien es monstruo en la guerra será girasol amante, que la sirva y obedezca”. Y se va indignado, dejándola sola. ¿Qué tal?
Veneno cumple tu misión. Delmira en un soliloquio da vueltas y vueltas a las cosas, qué cosas, a los hombres que la disputan, “(de Zadir) si él no ha dado prueba de que me estima; y arguyo que son sus costumbres fieras, quando dulcemente Alonso me complace y me respeta, ¿por qué no he de despreciarle? ... No, pues Ximenez, aunque prueba a lisongearme, me indigna”. Veneno cumple tu... Sus palabras la traicionan, “Ardiente esperanza nueva, dexa ya dé persuadirme; y los europeos vean que en la Guayana se encuentra quien su pasión sacrifica por cumplir una promesa”.
Por más que se busque una orientación de su estilo las cosas siguen rumbos desconocidos, pero he aquí que aparece una clave importante en los personajes. Shichirat es un indio que anda haciendo de las suyas con la muy europea Rosa, a cuyas órdenes sirve como esclavo. A pesar de su torpe comportamiento, como esclavo digo, este indio tiene dos cosas que le hacen característico. Uno, es su afición a la nueva bebida que ha conocido, “Solo encuentro mi delicia en ese que llaman vino. Valgame el Sol! Qué bebida! El hace al hombre valiente, el calienta, el fortifica, el alivia los dolores, él el cansancio mitiga, huele bien, sabe mejor, y causa extraña alegría”. Bien aprovechado, el conquistado. Dos, también le apasionan las hembras. Cuando Rosa con coqueteos le pregunta “y las mugeres de Europa no te parecen lindas? El responde sin titubeos, “como venis asi envueltas en tantas cosas distintas, puede llevarse uno un chasco que le dure de por vida ... yo me entiendo con las mias, que sus defectos o gracias, estan todos a la vista, y sé que es fresca la fresca, y la estantigua, estantigua”. Todo muy claro. Este personaje da la clave al mostrar al pícaro de la comedia, que nunca debe faltar. De cómo se explica lo anterior entonces, ya se verá más adelante, porque por ahora baste seguir esta comedia, que tal parece ser.
Como era de esperarse, las cosas siguieron complicándose, y en sumo grado cuando el torpe de Schichirat se emborracha, como al momento de estar en ese estado le contó a Rosa que Zadir pensaba asesinar a Don Alonso, de puro despecho, con un cuchillo que él portaba. Esto lo aprovechó Rosa para emborracharlo más, quitarle el cuchillo, cortar su barba y partir corriendo a contárselo a Don Alonso, con el consiguiente escándalo general, y con las consecuencias que esto trajo en ese bosque de la Guayana. Pero esto no ha ocurrido todavía. Otras cosas han pasado entre tanto.
Noticias llegan a la selva. Procedente de Brasil llega la esposa de Ximenez, los marineros entran a casa de Don Alonso, en donde sirve Delmira, y dicen que traen a una peregrina llamada Doña Blanca, hermana de Don Alonso, y que con su visita se espera que temple el ardor de su marido Ximenez. Delmira no puede creer lo que sus ojos ven y sus oídos escuchan. Y, mientras todos salen presurosos a buscar a la peregrina, se cuela por un puerta Zadir, el vengador, que no reconoce a su mujer vestida a la europea y la confunde, “y ya que perdí a Delmira por la impiedad de esos monstruos, satisfaga mi ojeriza traspasando con mi dardo el pecho de esta enemiga”. De todos modos, la situación no era fácil para Delmira, vestida o no de europea, “muger ingrata, tu en ese trage vestida!”. O era europea o indigna infiel... Escoja.
Vuelta a la tragedia. Justo al momento de lanzar su dardo mortal, entra Camur, el viejo padre y todo cambiará. Eso creía todo el mundo, pero no, esto se seguirá complicando de nuevo porque Camur le echa más leña al fuego cuando reprende a su hija, “el admitir las costumbres de Europa, es una indebida ofensa á la patria y Dioses, y te trae su ojeriza”. Finalmente, al verse solos, deciden huir por la selva. El viejo había preparado una buena estrategia, “Zadir y yo hemos juntado unas escuadras crecidas de Americanos, que intentan dar por la patria la vida”. Sin comentarios.
Todo era mentira. Gran alboroto en la selva, de un lado gritos de “A ellos, Americanos, no quede un contrario vivo”, y del otro lo mismo, con signo contrario, a vencer al enemigo. Camur, el viejo explica lo ocurrido, “los hados se han conjurado solo para perseguirnos”. Como en toda tragedia suele ocurrir, en estas circunstancias lo que procede es que la pareja antes de volver a separase de nuevo y a comenzar a sufrir otra vez, decida que lo mejor será... Exacto. Pero aquí no ocurrió así. Por supuesto que Zadir y Delmira pensaron en morir juntos, como los grandes enamorados de la Guayana. Pero otra cosa ocurrió. Justo cuando así iba la cosa, Delmira dice que si ha de morir “este es mi pecho: que aguardas? Y Zadir, en consecuencia le pide en ese postrer instante, “dame antes tus dulces brazos”. Muy decidida Delmira le esputa, “no lo esperes, indigno”. (¡Julieta hay una sola!)Todos fueron presos de nuevo y, además, lógicamente muy indignados entre sí. Pero, esta vez son prisioneros de Ximenez, porque Don Alonso salió a buscar a su hermana, Blanca. Amores de Guayana.
Ximenez lo dice muy claramente para que no haya dudas: “En la Guayana mando solo; y tus patricios dando tributo á mi Rey, penden del gobierno mío”. Con esto todo queda dicho y no hay discrepancia posible, y tampoco resistencia amorosa. Y en el momento preciso en que se va a consumar el hecho sin apelación posible, aparece Doña Blanca, la intrigante, con su acompañamiento de guardias: “infiel, indigno, ¿tu empeño de honor es este? Habla amante fementido de una miserable esclava”. Claro, Doña Blanca luego las arremete contra la Delmira, “¿Quien es esta?... ¿Amable te ha parecido una rustica muger que entre bosques ha nacido? Cuando Delmira intenta aclarar las cosas, la increpa violentamente, “¿tú tan osada respones? Dime, esclava, ¿has conocido con quién hablas? Doña Blanca.
El único que pudo arreglar esta situación fue Don Alonso, que con paciencia, va a salvar a los esclavos, llegando al momento en que estos iban a ser sacrificados. Don Alonso, el paciente y valiente resuella, “Cómo haces tal sacrificio contra mi consentimiento?” El duelo entre ambos será inevitable. Seguro es un duelo.
Era inevitable, aunque Don Alonso, paciente, valiente y audaz, saca de su manga un pliego que despliega ampulosamente y que contiene un decreto real por medio del cual se le autoriza “al descubrimiento de la Provincia de Guayana, y otras tierras hasta ahora incógnitas... “ y que todos quedan subordinados a su exclusivo mandato. Todos lo soldados ahora se pasan al lado de Alonso... No digo yo. Ximenez intenta decir algo grande pero solo logra murmurar “pues mi monarca lo manda, yo me rindo a su precepto”. Bien hecho, así se hace.
Todos libres de nuevo y sin cadenas, menos el Ximenez. Imaginen la escena de Ximenez, ahora en el suelo, con su Doña Blanca. Bueno, esto último nos retorna a la comedia, cuando ella le enrostra, “indigno eres de perdón”, y él suplica, “¿quieres que muera?”, y ella, “lo anhelo”, y él en un aparte, mirando a la primera fila, “juzgo que confiar puedo”, y ella en otro aparte, mirando a las mujeres, “a mi despecho le amo: oh amor, ¡qué grande es tu imperio! Amor de conquistadores, aprendan.
Todo está mal. Nada indica que esta es una comedia. Además, aquí es donde ocurre lo del puñal. Zadir pensaba que Schichitar le haría el trabajo doble, matar a Don Alonso y a Delmira, ya se sabe por qué. Imaginen lo que volvió a ocurrir. Luego de más de hora y media en escena, no se percibe solución posible sin que intervenga Don Alonso, el bueno.
Todos encadenados de nuevo, los soldados en guardia, Ximenez también en desgracia. Don Alonso se dirige a los indios, “Pueblo Americano. Escucha: y pues me da tantas causas tiembla, que va tu castigo envuelto entre mis palabras...” Pero, de nuevo Delmira marcará la diferencia cuando entre todos se encarame en un tronco y diga, “Pues, Señor, si es general el castigo que a mi patria se impone, yo debo ser igualmente castigada. Todos, Señor, somos reos”. Murmullos de aprobación en la platea. Todo se complicó con el intento de asesinato de Zadir-Schichitar, tanto para Delmira que vio esto como una traición a ella, y también para Don Alonso, por las mismas razones. Entonces, el representante del Rey, dirigiéndose a Zadir y a Schchitar dice, “a estos dos colgad al punto de un arbol”. Murmullos de desaprobación en la platea.
¿No dije que esto no terminaba bien? Bueno. Sólo les quedaba el derecho a pataleo. Y eso fue lo que hicieron los representantes de Guayana. “Oh, Sol... Piedad... Incluso Delmira interviene, “piedad, que esto pido humilde y postrada”. “¡Qué espectaculo tan triste!”, exclama Don Alonso y a continuación, en un visible aparte hacia la platea que está conjurada y decepcionada por este vuelco, dice en un aparte crucial, “¿qué he de hacer?”. ¡Ah! Grita la platea, ya a punto de subir al escenario.
Entonces, la primera en ser perdonada es Delmira, por supuesto. Luego, para que crean que él es un buen cristiano, también será perdonado quien pensaba matarlo y que no se ha arrepentido, “goce de vida y libertad amada”, pues siempre llevará la marca de traidor. Zadir agradece, “no direis los Europeos que entre nosotros no se halla también parte de heroismo. Quiero seguir tus pisadas, Delmira queda por mi libre de la fé jurada”. Y presto Don Alonso, ahora el pícaro, dice “yo acepto el don”. Por supuesto, eso ya se sabía
“Hijos, a vuestra ventura caminais. Esposa amada, tu lo serás quando estés instruida en mi ley santa.” Junto con decir esto, Don Alonso, todos gritan Viva Alonso y Delmira, incluida la platea que se levantan de sus asientos. Pero aún no termina la función. Hay alguien que no está de acuerdo. Doña Blanca, por supuesto, la hermana de Alonso, quien grita aterrada, “¿qué es esto? ¿Por qué os aclaman? ¿Vas a dar la mano acaso a esta esclava?”. Sin comentarios. Vuelta a cero.
A pesar de todas las explicaciones dadas por medio mundo en el escenario, incluidas las de los espectadores que le griten pesadeces, ella no da su brazo a torcer. Es más, ella con destreza pone en claro la situación actual, “Tu enemigo es Don Dionisio Ximenez, y si tu no te separas de tu idea, seré suya tan solo por castigarla”. El que más se alegra es el propio Ximenez que ve luz en el túnel en que se encuentra metido. Resolver esto tomará mínimo otra hora. Los espectadores se sientan aniquilados por tanta soberbia y tanto tiempo transcurrido.
Don Alonso, el piadoso, se las sabe todas. “esa resolución tuya ya estaba premeditada por mi”, dice y luego le explica con calma que luego de verlo en el suelo, con su altivez baja, le repone los honores a su cuñado Ximenez, “sea de nuevo mi hermano, y sea tu esposo, Blanca”. Tanta bondad inunda las butacas. Pero, también aprovecha este momento Delmira, ahora en el poder, para decir unas cuantas cosas que le apretaban el corazón, “¿es el arte de fingir la ciencia mas elevada que teneis las Europeas?”. Bravo gritan los espectadores, Bien, Delmira. Luego, hasta al pobre Schichirat le pegan sus barbas cortadas. El teatro se cae, Gua-ya-na, Gua-ya-na...
Finalmente. Sí, así es, el fin ya está cerca. Don Alonso, cansado de tantos malabarismos, dice a todos los presentes, asistentes y lectores, también cansados, “y pues el rencor ya cesa por esta dulce alianza; (dirigiéndose a Blanca) tu con tu esposo te vuelves, y respire la Guayana suavidades por la paz, si acaso el tema os agrada”. Luces. Fin. Aplausos. Obra: La Bella Guayanesa, comedia en cinco actos del autor español Manuel Fermín de Laviano, publicada en Barcelona, en la imprenta de Carlos Gibert y Tuto, Impresor y Librero, en 1800, 39p. Esta pieza, conjuntamente con la obra Oroonoko, tragedia americana en cinco actos, de Thomas Southerne, autor inglés, publicada en 1650, han sido recuperadas dentro del Programa de investigación re-lectura y memoria del teatro venezolano de la Maestría en Teatro Latinoamericano de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela.