Hace
algunos días, un grupo de jóvenes interesados en realizar
un proyecto de vida, que está orientado hacia al quehacer teatral,
hicieron el intento de presentarse en una prestigiosa sala de la ciudad
de Valencia, capital del tan laureado Estado Carabobo. La resultante
"catastrófica", terminó en la suspensión del
espectáculo por falta de público. El director salió a la calle tratando de hallar una pronta solución al problema. En el trance de la incomodidad y en la desalineada descomposición que se desdibujaba en la ciudad, el director pensó como podía resarcir los daños morales a su agrupación. Allí, solicitó al vigilante, que le hiciera el favor de comunicarle con el periodista que estuviera de guardia. Un rato después una reportera y un fotográfo llegaron a la sala de recepción del periódico. Minutos más tardes todos estaban en el teatro. Luego de ver la representación de varias escenas. El fotógrafo tomó sus respectivas fotos y la reportera habló con cada uno de los actores y el director. Al terminar su trabajo, nos prometieron que saldría un buen artículo del trabajo que la agrupación realizaba. Éste artículo debía aparecer a mas tardar en una semana. Es necesario aclarar que la mencionada nota, nunca fue publicada en el periódico. Decepcionados una vez más, pero nunca desalentados, la situación nos condujo inevitablemente a hacer una reflexión. Ésta refelxión se relaciona con un tema central, aquel que tiene que ver con el público. En
muchas oportunidades he asistido a espectáculos de teatro en
los cuales, el público asistente a la sala, no llega ni siquiera
a un número de diez. Se hace muy necesario reflexionar sobre:
¿Por qué esta situación es a cada momento más
inminente? Para la agrupación Dramateatro está bien claro que el teatro no es un arte de masas, ni para las masas. En el ejercicio de ser espectador, de ser público y no simplemente persona que asiste a una sala de espectáculos, se nos avecina una inercia, una indiferencia mounstrosa, que pulula cada vez más hondamente sobre las penurias académicas de este fin de siglo. La
inercia, del tan requerido y necesitado espectador, se advierte amenzadora
ante la realidad finisecular, a lo que podríamos alegar: "finis
coronat opus". En
nuestro trabajo abogamos por el arte. El arte como forma e instrumento
de la acción de ser. No negamos a las cosas concretas. Creemos
en un arte dúctil, fluído, didáctico. Definimos
al arte como un suceso exclusivo que pertenece a la vida humana, y
el espacio en el que todos podemos participar o tenemos acceso a la
participación. A una gran cantidad de gente le parece igual ver a un espectáculo que otro. No existe una selección de lo que quiero ver, y ¿por qué lo quiero ver? Conclusión: el público no existe. El
desarrollo cultural de una sociedad implica dinero y diferencias entre
los conceptos. |